martes, 12 de abril de 2016

Iglesia de San Miguel - Almazán

A orillas del Duero, sobre la carretera de Soria a Madrid por Medinaceli, y a treinta y cinco kilómetros de la Capital, se encuentra la villa de Almazán que es un verdadero conjunto monumental.  Partiendo de un primer románico del siglo XII, pasando luego por sus puertas de viejas murallas, por sus arcos y calles góticos, y concluyendo en grandes palacios de la época del Renacimiento.
Con referencia al siglo XII, se habla en viejos documentos de tres iglesias en Almazán. De dos de ellas. San Vicente y Santa María de Calatañazor, sólo quedan algunos vestigios. En cambio la tercera, que es la iglesia de San Miguel, se nos ofrece hoy admirablemente conservada. Se encuentra en la Plaza alta del Ayuntamiento, de cara al gran palacio de Altamira. Su frente exterior no descubre su gran belleza. Tres arcos sobre machones prismáticos, un múrete y una verja acotan un pórtico de escaso interés. Ultimamente se han suprimido algunos edificios que ahogaban el templo e impedían ver su ábside. Ahora está al descubierto parte de su tambor y lo que no se ve desde la plaza hay que contemplarlo desde la carretera general, donde arranca la del Burgo de Osma, junto al puente sobre el Duero. En lo alto, desde la plaza, se ve muy bien la gran linterna del crucero que en su último cuerpo es de ladrillo y de estructura ochavada. A un lado el cubo de subida al campanario. En estas vistas exteriores lo más notable a subrayar es la decoración por medio de arquillos lombardos, sostenidos por ménsulas de rollos, análogas a los modillones del mismo tipo de origen califal. Los arcos lombardos que recorren el tambor del ábside a modo de cornisa superior son de tres lóbulos, y en cambio de arco liso de medio punto los que limitan la parte de piedra de la torre sobre la que se alza la linterna de ladrillo.
La entrada en la iglesia es de gran efecto. Está admirablemente limpiada de cal y cemento y luce en todo su valor. Es templo de ábside único, con tramo recto en el presbiterio, un gran crucero y tres naves. Dos laterales muy estrechas que terminan en pequeñas absidiolas interiores, sin que su curva se traduzca al exterior. Toda la cabecera e inlcuso las columnas acodilladas de la nave, tienen una disposición irregular. El ábside se inclina hacia la derecha. Esta anomalía es debida a la situación del terreno, que por la parte del ábside asoma a una gran cortadura sobre el Duero.
Lo más notable arquitectónicamente de esta iglesia es su cúpula, de estructura muy oriental y de hechura, sin duda, morisca. El cuadrado del crucero se hace octógono por medio de unas trompas formadas por cinco arcos o trozos de acto, muy abocinados que van estrechándose hacia su centro. Sobre el octógono así formado corre una imposta de lucida talla vegetal y en el centro de cada lado se fija una ménsula también muy decorada. Cada ménsula sostiene el inicio y el término de dos arcos que se cruzan en lo alto de la cúpula, dejando libre en tu centro un octógono que es la base de la linterna. Esta cúpula de arcos cruzados tiene un precedente en las cúpulas de la mezquita de Córdoba y tu difusión por el mapa de España se ha considerado señal de mudejarismo.
El conjunto de la cúpula es brillantísimo y contrasta con la severidad cisterciense de las naves. Los arcos interiores son muy apuntados y la decoración de tipo vegetal con gran predominio de las piñas en cuyo tema el abolengo mudéjar puede armonizarse con la limpia estilización del Císter. En la absidiola del lado del Evangelio se exhibe como mesa del altar una importante talla. Representa a unos guerreros, al extremo está arrodillado un mártir, y por encima su alma camina hacia el cielo. Es un trabajo de mucho rigor clásico. Representa, al parecer, el martirio de Santo Tomás de Canterbury.

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