jueves, 29 de diciembre de 2016

Monasterio de Caaveiro

Cuando la precaria carreterilla de la fraga termina en el puente del río Eume hay que dejar los vehículos junto al río —el camino que sube al monasterio es ancho, pero arriba no hay espacio para aparcar— Después de un kilómetro de subida por el bosque aparece el campanario del cenobio del siglo XII, las escaleras de acceso, las ramas de los árboles abrazando las piedras, y sin saber por qué baja el tono de la voz, las palabras desaparecen y cada uno comienza a deambular entre las ruinas en un vagabundeo de sensaciones y miradas perdidas. Un curioso cordero con una cruz clavada en el lomo, una doble pila bautismal, ábsides románicos indicando la salida del sol, fosas abiertas en el altar, pasadizos subterráneos. El conjunto del monasterio es un entretenido cúmulo de descubrimientos de los misteriosos mensajes del arte románico que por fin han decidido restaurar para salvar el lugar de la ruina y la destrucción.
Siguiendo las marcas blancas y rojas del GR, el sendero lleva en pocos minutos a un puente medieval junto a un viejo molino.

(Juan José Alonso)

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